Estudio, lo llaman. Es una única estancia de treinta metros cuadrados en forma rectangular, con una raquítica cocina office en uno de sus extremos y un balcón en el otro. Al lado mismo de la cocina, un recibidor de apenas tres metros cuadrados, donde se hallan la puerta del piso y la del baño, joya del diseño minimalista: bidé, lavamanos, inodoro y plato de ducha distribuidos en el mismo exiguo espacio que ocuparía un armario empotrado. Y a esto lo llaman estudio. Es lo único que puedo pagar con mi sueldo, vale, lo asumo, tendré que vivir aquí mientras no me toque la lotería o se encapriche de mí un jeque saudí. Tampoco necesito mucho más, me fui de Madrid con lo puesto, pero por lo menos que no le pongan un nombre pomposo. Que lo llamen ratonera, que es lo que en realidad es.
Llego sola a mi solitario pisito, me deshago de los zapatos al cruzar la puerta, camino descalza sobre el gastado gres de las viejas baldosas de forma hexagonal, y, cual protagonista de una película porno soft-core, dejo que mi vestido de tirantes caiga al suelo mientras me desparramo en el viejo sofá, ya en ropa interior. Lo único bueno de mi vida actual es que puedo estar como quiera y hacer lo que me de la gana, porque estoy sola. Como siempre.
Me quedo adormilada así tal como estoy en braga y sujetador, y aunque hace un calorón tremendo no sé qué narices habré soñado que al cabo de un rato me despierto sobresaltada y aterida de frío, al punto de tener que envolverme en la desgastada colcha azul marino que ya no pongo en mi estrecha cama de soltera para dejar de tiritar.
Pienso que tengo que hacer la cena, y cenar. Sola. Me puede la pereza, creo que ni cenaré, total para ver un rato la tele y acostarme no vale la pena molestarse. Empieza a agobiarme tanto silencio, la angustia de sentirme aislada del mundo. Pero tampoco hago nada por remediarlo, me he vuelto completamente antisocial. Hace poco que me instalé, mis amigas de siempre quedaron en Madrid, y no he hecho nuevas amigas. Bueno, sí, una, la Mala del artículo anterior. Pero tampoco es realmente una amiga, tenemos una relación bastante más complicada y confusa, y no puedo confiar en ella. Entre los compañeros de trabajo no hay buen ambiente como para organizar cosas juntos, y las rijosas proposiciones que regularmente me hace algún espontáneo me dan alergia.
En algunas ocasiones durante estos meses, pocas, afortunadamente, he sentido que la angustia y la ansiedad me ganaban la partida, y he salido sola, evitando los sitios habituales en mi vida diaria. Me he ido a otras localidades, a antros para turistas. Allí me emborracho, que me resulta fácil, porque siendo de siempre buena bebedora ahora con la medicación el alcohol me hace mucho más efecto, y tres copas ya me ponen bien borracha. Luego, pillado el punto en que todo da ya igual, simplemente me dejo camelar del guiri más aparente de cuantos moscones me ronden, y me voy con él a follar a la playa. Nunca les he dado mi nombre ni mis verdaderas señas, nunca supieron quién era yo ni de dónde había salido. Ninguno de ellos tuvo nunca la menor oportunidad. Me despierto desnuda al siguiente amanecer, rebozada en arena y fluidos corporales, y me largo en silencio pero a toda prisa mientras el tipo sigue roncando con aspecto satisfecho.
Me mezclo entre la gente, y me siento más sola aún. Y más irritable. Me molestan las risas y carreras de los niños pequeños, las voces de los padres llamándolos, los besos de los novios, los gestos de complicidad entre amigos, todo eso me repele, me hace sentir distinta y bastante peor a todos ellos. Me voy tan rápido como puedo de los lugares donde hay mucha gente, y si encima esa gente aparenta cierta felicidad ya hasta me baja la tensión. Paseo sola, me hago fotos yo sola, con la cámara en automático, como estas que pongo y que seguramente no debía poner, y cuando el mundo se me hace insoportable me refugio en ésta mi pequeña cueva, y me desahogo en el teclado del ordenador.
Sola. Siempre sola.
